ACADEMIA NACIONAL DE MEDICINA DE COLOMBIA

RUEDA PÉREZ ES ELEGIDO COMO SECRETARIO PERPETUO DE LA ACADEMIA

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El académico honorario Gilberto Rueda Pérez fue elegido nuevo Secretario Perpetuo de la Academia Nacional de Medicina. Ingresó a la Academia hace 51 años y tuvo todos los títulos de correspondiente, miembro de número, honorario, académico ejemplar, ocupó todos los cargos en la Junta Directiva, de la que fue Presidente durante dos periodos consecutivos. Fue elegido como memoria viviente de la Academia, por su larga y fructífera vinculación a ella.

Nació en Ibagué y luego estudió con los padres jesuitas, graduándose de Bachiller en el Colegio San Bartolomé “La Merced” de Bogotá e ingresó a la Facultad de Medicina de la Universidad Nacional. Cumplido el internado en el Hospital de San Juan de Dios, se graduó como Doctor en Medicina y Cirugía para iniciar con la Clínica de Marly un vínculo que dura ya cerca de 60 años desde 1952, cuando entró a ejercer como residente. Luego viajó a los Estados Unidos y allí permaneció por cinco años en la ciudad de Chicago, especializándose en enfermedades de las vías respiratorias y cirugía del tórax en los hospitales Ravenswood y Oak Forest.

Comenzó en 1957 como profesor asistente de Tisiología en la Universidad Nacional y jefe del departamento de endoscopia del Hospital de San Juan de Dios, cargos en los cuales se distinguió hasta 1965 para pasar a profesor asistente de Cirugía desde 1966; dirigió el departamento de Cirugía del Hospital Santa Clara hasta 1975 y en los dos años siguientes pasó a ser Director del famoso Hospital San Carlos; desde 1977 fue designado jefe de Cirugía del Tórax en la Clínica de Marly. Sucesivas jefaturas de servicios el Hospital de Santa Clara culminaron, en 1992, con la designación como Director General de ese reputado centro asistencial por un período de dos años. Ingresó como miembro de la Sociedad Colombiana de Tisiología, Neumología y Enfermedades del Tòrax, de la cual ha sido tres veces presidente.

Entró a la Academia en 1967 como miembro correspondiente. En solo seis años se ganó la postulación como miembro de número, calidad que alcanzó durante la presidencia del doctor Juan Pablo Llinás, en 1973; ese mismo año fue escogido como secretario de las celebraciones del Centenario de la Academia, las que presidió el doctor César Augusto Pantoja; enseguida se lo eligió como secretario en la Junta Directiva que presidió el doctor Santiago Triana Cortés de 1973 a 1975; con el presidente Hernando Groot fue tesorero entre 1981 y 1983, luego vicepresidente del doctor Pablo Gómez Martínez en los dos períodos 1984-1986 y 1986-1988, para alcanzar la presidencia de 1994 a 1996, también con reelección para 1996-1998.

Dijo de él su predecesor, académico Juan Mendoza Vega: “La enumeración que antecede da alguna idea de la importancia del doctor Gilberto Rueda en el seno de la Academia; pero debe recalcarse el fuerte y acertado rumbo que, como hábil timonel, imprimió a la entidad a partir de 1994, llevándola a preocuparse especialmente por las realidades que habían empezado a abrumar a nuestra profesión en el contexto de un pretendido neoliberalismo que trató en hora mala de convertir el cuidado de la salud en un “bien de mercado” que cada ciudadano tenía que adquirir como mejor pudiera y que los médicos al parecer debíamos producir y vender como mercaderes a la fuerza. El presidente Rueda Pérez plantó cara a los panegiristas del nuevo enfoque, promovió con la Academia los primeros estudios del sistema implantado como Ley 100 de 1993, nos explicó a los médicos –empezando por un número no despreciable de académicos que abogaban por mantenerse al margen de esos dolores de todos los días, encerrados en la “torre de marfil”- la trascendencia de mantener la calidad de los servicios brindados a los colombianos enfermos y las medidas de prevención llamadas “de salud pública”, y la urgencia de defender a los profesionales para que no se convirtieran en obreros de blusa blanca mal pagados y peor mirados. No pocos dolores de cabeza le costaron al académico Rueda Pérez esas valerosas posiciones; pero hoy le podemos repetir que tenía razón, que su rumbo era el adecuado y que si algo se va salvando en la crisis reiterada del sistema de salud en Colombia, es entre otras cosas por su liderazgo y previsión. Como le podemos decir que tuvo razón cuando se empeñó, por los años sesenta del siglo pasado, en implantar aquí el tratamiento acortado para la tuberculosis, al que se oponían especialistas destacados pero cuyo éxito nadie se atreve ya a poner en duda”.

“Esa lucha exitosa contra el azote tuberculoso es otro de sus legítimos timbres de orgullo: Elecciones como presidente de la Sociedad Bolivariana de Neumología, de la Sociedad Americana de Quimioterapia de la Tuberculosis, como miembro del Comité de Honor de la Tisiología Latinoamericana, Regente del American College of Chest Physicians y varias más; condecoraciones como la Cruz de Esculapio de la Federación Médica Colombiana, la Medalla Cívica al Mérito Asistencial “Jorge Bejarano”, el Escudo de Oro de la Orden de Santa Clara, la Medalla de Honor de la Liga Antituberculosa Colombiana, han subrayado el aprecio que le tienen la sociedad y sus colegas. Tal vez me falta mencionar el papel que tuvo nuestro nuevo académico honorario, al comenzar este Siglo XXI, en el intento por unificar al cuerpo médico colombiano en la Asociación Médica Colombiana; él es uno de los convencidos del beneficio inmenso que nos traería la unión gremial, el esfuerzo mancomunado, la firme dirección con sentido de profesionalidad; por eso aceptó presidir la AMC y poner su influencia y renombre en tan delicada tarea. Aún no estamos maduros, según parece, para conseguir tan deseable actitud por parte de todos los colegas, pero ello no opaca al personaje que sacrificó mucho esfuerzo y muchas horas en ese intento”.